Un día perfecto

El segundo sábado de enero me desperté antes que sonara el despertador, con un poco de dolor de espalda en la cervical, pero con energía, no como en los días de semana que lo único que anhelo es seguir durmiendo. El día estaba iluminado y el día anterior había hecho mucho calor, lo que auguraba una mañana agradable. En un dos por tres salí de la cama, silencié la alarma para no despertar al resto y llamé a mi hija Gala por whatsapp en modo despertador, teníamos varias cosas que hacer juntas esa mañana.

Una grata sorpresa me llevé, primero que nada, cuando me contestó, segundo, rápidamente y, tercero, me informó que estaba bañada y vestida desde hacía algunos minutos.

Caminé con sigilo hacia el baño y cerré suavemente la puerta – como nunca porque soy lejos la mujer más ruidosa y caña hueca que existe en las mañanas, tomé una ducha tibia, me sequé, me vestí y algo arreglé mis cabellos, como de costumbre. Vestirme los fines de semana es tan fácil, siempre escojo lo mismo y me siento bien. Además, desde que se quebró el espejo de cuerpo entero de mi dormitorio muchas veces salgo como creo que me veo y ese día no fue la excepción.

Todo lo hice en tiempo y partimos a buena hora. Aprovechamos de llevar a mi hijo mayor a otro lado y sobreviví a dos adolescentes por alrededor de 15 minutos en el auto y fue agradable.

Luego, solo con Gala, la complicidad que nos une, desde que supe que iba a ser su mamá, inundó toda la mañana, tomamos desayuno en sturback, canjeé una bebida gold y secamos el saldo de la tarjeta del local aprovechando la oportunidad de estar juntas. Ordené mi cartera (bolsa) mientras bebíamos nuestros respectivos cafés con leche de almendras, un cappuccino vainilla y un mocaccino sin crema para ser exacta y conversamos de La Feria del Libro que abren cada verano en Viña del Mar y de los huevos en polvo con lo que habían hecho mi “egg no sé qué” (un batido de huevo deshidratado con cubitos enanos de jamón y pimiento rojo servidos como dos flanes tamaño XS sobre un plato bajo con dos tostadas bastante grandes) que no sabían nada mal y me dejaron bastante satisfecha y curiosamente sin hipo.

No sé cuantas cosas hicimos esa mañana, solo sé que fueron muchas y todas entretenidas y cuando parecía que todo se iba al carajo, de alguna manera volvíamos a entrar en onda. Esa mañana le dije a Gala que hasta hace algunos meses sufría de unos dolores de cabeza de la ¡puta madre! que la sorprendió y nos hizo carcajearnos porque no es mi costumbre hablar así con ella, usando palabrotas, pero yo estaba en modo free hasta que vi la hora y me di cuenta que eran cerca de la una y todavía no pasaba por la farmacia, no compraba la comida para las gatas y tenía a Camilo en casa con los demás niños y mi madre de 87 años, que requiere asistencia para poder salir con ella y ya no es prudente dejarla sola en casa porque se puede caer o tomar los medicamentos equivocados, por mencionar alguno de los riesgos que mitigamos a diario en casa.

Desde ese momento, ya nada fue igual, mi respiración se aceleró, tomé decisiones, la farmacia tendrá que esperar. Y partimos camino a casa, haciendo un alto en el supermercado para comprar la comida de las mascotas y algunas cosas que hacían falta, una parada rápida y efectiva.

Una vez en casa, como nunca un sábado, que acostumbramos a desayunar a las doce y almorzar a la cinco, a las dos de la tarde el almuerzo estaba muy avanzado, gracias a Camilo que había salido cerca de casa por pescado, hecho ensaladas y a mí solo me pidió preparar un cuscús, que hice con mi hija menor de cuatro años, le agregamos tomate, palta y una hoja picada de albahaca fresca.

Almorzamos tres de cinco, mi madre se sentía mal y se quedó en su dormitorio y nuestro hijo mayor dormía.

El almuerzo estaba exquisito, pescado frito, ensaladas, cuscús y jugo de manzana con hielo hecho en nuestra maquina de prensado en frio. Light, sano y delicioso.

Como nunca, no mencionamos el postre, y los comensales se fueron levantado uno a uno de la mesa, retiramos las cosas y con Victoria fuimos al patio a llenar de agua su piscina de uno por uno metros cuadrados, instalé el quitasol, nos embetunamos de bloqueador, vestimos bañador, llenamos la piscina de juguetes y nos metimos ensombreradas a jugar a la familia.

Ese sábado el calor por la tarde se sentía insoportable fuera y dentro de la casa y mi cuerpo pedía agua. De fondo escuchábamos a Camilo perfeccionar su versión de Whish you were here de Pink Floyd en su guitarra regalona, la electroacústica, que compró de segunda mano hace unos meses a un conocido que dejaba Chile para instalarse en Italia. No fue un regalo, pero el precio era de esas oportunidades que pocas veces se presentan en la vida de los adictos a la música.

Los adolescentes de la casa, cada uno encerrado en su dormitorio dormía o creaban su adulto con sus actividades de preferencia o a partir de las series de culto que solo ellos ven, lo que no es raro, ya que dedican gran parte de su energía para crecer y evitar los quehaceres de la casa, y definitivamente es más llevadero que tratar con su rebeldía. Aunque siendo justos, tienen sus momentos de ternura y equilibrio como los de hoy en la mañana.

El suelo donde instalamos la piscina recibió tanto sol en los últimos días que al sentarme dentro de ella percibí la radiación subiendo desde la tierra. No sé cuánto rato estuvimos en ese placentero y armonioso descanso. En un instante de observación consciente me di cuenta de que el árbol que está frente a nuestro patio por fuera, en la quebrada, está a punto de entrar por la reja y que al otro lado de la quebrada hay una casa blanca con rosado, estilo “barbie”. El bosque en la quebrada que nos separa de los barrios del frente me pareció unirnos más que separarnos, cuando justo sentí un disparo o tal vez un neumático reventar y recordé todo lo que ha acontecido en el último tiempo en Chile producto de la enorme desigualdad social que existe. “El estallido social” que inicio el 18 de octubre de 2019 (el 18/O) que buscar generar los cambios que mi generación y muchas otras no fuimos capaces de liderar. Entonces, agradecí en lo más profundo por ser parte de ese 5% del país que gana más de $500.000 al mes (US$640/mes o UE$600/mes) gracias a que tenemos educación universitaria los adultos de la casa y una estrella que nos protege. ¿Y los del frente?  Cientos de casas y edificios de diferentes calidades en sus estructuras, modelos y data, algunas casas hechizas de multimaterialidad, otras más tradicionales, pero en ninguna prima la estética en total armonía con su entorno, es gente de esfuerzo como muchos en este país y me gustaría creer que así somos la mayoría, pero me cuesta creerlo cuando la vida te demuestra que “hay de todo en la viña del señor”. Mi hija me sacó de mis reflexiones y continuamos con nuestro juego, me tocaba alimentar a un muñeco de esos que se hacen pis para luego ponerlo sobre la bacinica.

Al rato, empezó a correr una brisa que agradecí con el alma, nos salimos del agua nos secamos un poco y Camilo nos trajo unos cereales para comer. Se detuvo la guitarra y pusimos música nosotras. A Victoria le encanta la música. Subí al comedor y me encontré a mi madre llegando desde su dormitorio, se sentía mejor, le servimos almuerzo, comió todo, y se tomó su té sagrado de sobremesa.

Camilo partió a comprar a la feria del Estero en el sector que está seco y que cruza Viña del Mar de oriente a poniente. Fuera de casa la brisa ya estaba fría pero dentro todavía conservaba el calor de las primeras horas de la tarde, entonces me puse a lavar los platos para disfrutar el agua fría entre mis manos, pero también lo hice porque en la interna sentí la necesidad de agradecer a Camilo por el rico almuerzo que había preparado y por haberse quedado en casa por la mañana para que yo pudiese salir.

El dolor de espalda y el escaso espacio en el secador de platos interrumpieron mi faena y dejé la mitad lavada y la otra ordenada pero sucia, pero daba lo mismo ya que generalmente los fines de semana tratamos de lavar lo mínimo para que realmente descansemos, porque somos tantos en casa que lavar la loza a veces se transforma en una tarea muy dura que además nos quita mucho tiempo, más cuando somos dos los que aperramos la mayoría de las veces. Y cuando el voluntarioso de Camilo se hace cargo de esta tarea se nota porque la cocina queda como nueva, en cambio cuando yo la asumo, solo a lo que me asegura el agua en las manos.

Justo cuando terminaba en la cocina mi pequeñita me buscó nuevamente para jugar, nos cambiamos de ropa, nos pusimos algo más abrigado y salimos al patio nuevamente, esta vez a regar las plantas del patio con el agua de la piscina aprovechando que el sol se había escondido detrás de las casas del frente. Ella con su hermosa regadera y yo con una botella plástica que llenarla me obligaba a agacharme una y otra vez, hasta que la cambié por un recipiente más grande, pero más pesado.  Y ahora el dolor de espalda no era el mismo, era unas vértebras más abajo. Pero valió el esfuerzo, porque fui consciente de que estábamos haciendo todo lo que yo anhelaba hacer en esta casa con patio, relacionarnos con la tierra a través de la quebrada, las flores, un huertito, los árboles de limones y todas las plantas que hemos adoptado y plantado en el último tiempo y que fuimos regando una a una. Hasta un zapallo parece que está creciendo en un hoyo que hice para botar los deshechos orgánicos que generamos y que en la compostera no nos caben.

Y sin proponérnoslo, estamos enseñándole a nuestros hijos a relacionarse y a respetar a personas con diferentes realidades sociales, nuestros vecinos de barrio, los del frente de la quebrada, los que viven en la quebrada y pasan cada mañana y tarde con sus caballos, los ocupas que también viven camino a la quebrada y todos aquellos con los que nos relacionamos en nuestro día a día desde esta casa.

Son pocos los días en el año en los que nos quedamos en casa y “no hacemos nada”, como ese sábado del 2020, pero son días tan llenos de cosas simples que se transforman generalmente en los mejores que atesoraremos por siempre.

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Son tantas las ideas…y pocas las publicaciones

Son tantas las ideas y los temas de los que quiero escribir, como si cada idea y su reflexión fuera una mariposa excepcional y única que visita mi jardín y no logro atrapar.

¿Pero cuanto tiempo dispongo para observarlas, correr tras ellas y capturarlas en mis publicaciones? Realmente muy poco.

Ahora por ejemplo, estoy en la consulta del dentista esperando que me atiendan con una novela turca de música de fondo. En otras oportunidades solo me quedo en el imaginario.

Tengo muchos borradores iniciados con temas que me inspiraron respecto de los cuales ya no siento lo mismo. Los comencé con un enfoque y los retomo con otro muy distinto que no me satisface. Dejan de tener sentido!

Es loco, porque las publicaciones que prosperan nacen redondas, de una, después solo hay que pulirlas y a veces ni eso.

Alzhaimer, padres, abuelos, adolescentes, niños, maridos, amigos, alcohol, drogas, sexo, rock and roll, espiritualidad, equilibrio, energía, sensaciones, armonizar, pensar, crear, pensar, existir, pensar, ser, cocrear, desapego, lo mato, la mato, lo quiero, la quiero, me voy, me quedo, te dije, hasta cuando, enojo, que rabia, que pena, que pasa, no entiendo, que siento, alegría, risas, bienestar, satisfacciones, paz, placer, salud, buenas energías, malas energías, predicciones, percepciones, hippismo, abrazo, más abrazos, más abrazos, se fueron, pero se quedaron, los quiero, nos quieren, nos cuidan, agradezco, cada día, volar , flotar, oler, saber, oir, disfrutar, medicarse no es sanarse, mejor dormir a pata suelta, mamá ya es de día, una sonrisa, dos sonrisas, tres sonrisas, cuatro sonrisas, cinco sonrisas, seis sonrisas y la mía…te amo, llegué a puerto, que alivio, que rico. El trabajo, las responsabilidades, me quiero quedar, pucha me quiero ir, estoy chata, no soy suficientemente buena!, siempre hay de quien aprender, que buena soy!, arar con los bueyes que tengo es el desafío de la vida misma, se me cae un ojo, me mareo y mi vida? …ah! mi vida….reiki, doc….nadie dijo que iba a ser fácil, más abrazos por favor, ya decidí no sufrir, sígueme, …..Om

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¿Acampemos? Recordando el agradecimiento

Anoche me levanté a las 5 de la madrugada a buscar un remedio que tenía en el auto. Me puse unas hawaianas, porque por alguna razón desconocida mis pantuflas no estaban y sobre el pijama, mi polerón Kido (https://goo.gl/images/DWR4dR) de esos que solo venden en Pucón – que son como ponerse una oveja encima.

Era de noche, el cielo estaba cubierto por la vaguada costera y el patio tenía ese olor a rocío sobre tierra y pasto tan característico de los campamentos por la noche. En dónde la carpa se humedece por fuera mientras uno dentro se siente protegido y abrigado.

Y en ese momento pasé de la noche a la mañana en mis recuerdos y recordé un té caliente que me sirvió Luis en un campamento de Hornopiren (https://g.co/kgs/jfLWxS) una mañana muy fría de verano sureño, con suelo de tierra y rio y paredes de rocío y hierba y el olor a madera quemada de la caldera del lugar que nos aprovisionaba de agua caliente.

Manos frías calentándose en la taza, un buen gorro de lana, calcetines y zapatos de invierno y al menos 3 capas protegiendo la integridad física de toda la familia. El olor característico a tierra húmeda, el aire puro que entra y enfría tu nariz y la pone roja, el sonido permanente del río, el sabor del agua hervida fuera de casa, el pan amasado, el queso y/o la mermelada de los alrededores en un comedor rústico, básico, equipado o improvisado, pero de campamento al fin y al cabo. Y todo sabe más rico que en casa y todo se agradece desde lo más profundo de nuestro ser.

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