Fragmento de la carta para Alexis Rose, año 2002

—Revisando una caja de recuerdos, en la que guardo cartas, mapas, postales, fotos, certificados, diplomas, registros que me entregó mi papá, tarjetas y cuanto escrito hice o recibí desde que tengo recuerdo y necesidad de atesorarlos, me encontré una carta que escribí el año 2002 a mi amigo Alexis Rose que para ese entonces había partido con sus padres a vivir a Canadá y que titulé “La famosa carta larga, una historia corta de muchos personajes”.

Hoy reeditada, comparto con Uds. un fragmento que me transportó a más de 17 años en el tiempo.

Parte I

Hola Alexis, después de una semana cargada de mucho trabajo y presiones llego a mi departamento, me aseo, como algo, escucho música, prendo velas, toco el piano y te escribo esta carta con especial dedicación.

Me duele ene (mucho) la espalda y es pura tensión acumulada. Porque todo lo que he hecho en el día lo he hecho tensa. Es que ando pila: súper acelerada. Y lo peor de todo, me gusta andar así, como cuando íbamos a bailar a la Foxy y me poseía el espíritu histriónico.

Desde que empecé con mi curso de “Tarot Iniciático” no salgo los viernes de carrete y ha sido tan bueno. Imagínate, me levanto temprano los sábados, camino por las calles de Valparaíso y luego del tránsito por Av. España, por las calles de Viña. Con poca gente alrededor, el sol radiante, con esa tranquilidad de la mañana de día sábado, familiar, templado, rico.

Después en plena calle Valparaíso (en Viña del Mar), en la galería que está al lado del MacDonald (que ya no existe) está la entrada a un edificio de esos que el marcador del ascensor parece un reloj extraño o una brújula. En el departamento B05, me espera el maestro. El departamento está decorado antiguo, todos los muebles son de madera fina y con estilo. Es oscuro y a la vez claro.  Toco el timbre, el maestro me abre, me saluda y me indica el camino por un pasillo oscuro, sin ventanas que conduce a una sala (living comedor) de tamaño mediano y con una ventana al fondo que da a la calle Valparaíso.

La clase se hace en el comedor en una mesa redonda cubierta por una carpeta acolchada de color beige, sin diseño. Yo siempre me siento mirando hacia el este para consultar al Tarot.

El maestro es un licenciado en Arte de la Universidad Católica de Santiago, se llama… me quedé pegada contemplando mi aspecto en el reflejo de la ventana y me gusta…volviendo a lo que estábamos, el maestro se llama Armando debe tener como 50 años o más. Es gordo pero no obeso, de estatura mediana, de cabello oscuro y algo pelado. Bastante afeminado. Me retracto más bien fino.

Tiene historia el viejo. Fue hippie, vivió en los Estados Unidos, en Europa y ha hecho clases de Tarot y otros temas cabalísticos en varios países.  También me ha contado que vivió mucho tiempo de su juventud en Santiago en el barrio Lastarria, que me encanta, y en Ismael Valdés y que fue uno de los impulsores de la construcción de la plaza Mulato Gil. Es más, su antiguo taller en esa plaza ahora es el taller de Enrique Lafourcade, que por como lo nombra es su amigo o es de su época.

Después de hablar dos horas de Tarot, de números, de interpretación, de su vida, de la mía, de Valparaíso, de Santiago, etc., salgo a la calle Valparaíso. Son la 1 de la tarde, el sol pega fuerte sobre la cabeza, todo es claridad, todo es limpieza. Como no he tomado desayuno, me voy al Bogarin y me tomo un vitamina Zanahoria-Naranja y me como un sandwich de miga: ave-pimentón. Tradición porteña hoy en Viña exquisita, sana e imperdible. Después camino hasta donde me den ganas o simplemente tomo la micro y me voy al triste Valparaíso.

Si triste, por que Viña me parece tan lleno de vida y luz que cuando entro a Valparaíso por la Avda. Argentina, la micro dobla en Pedro Montt y veo el Teatro Municipal de Valparaíso, todo ese trayecto me parece tan pero tan oscuro, que pareciese que estuviera por siempre nublado. Siento que la luz de Valparaíso comienza a alumbrar recien en los alrededores de la Plaza Victoria.

Es viernes, son las 23.30 y me voy a dormir. Sigo mañana. Un beso.

A propósito de Tarot. Contigo siempre fui bien asertiva!! ¿Cierto?

Quizás esta carta no me quedó muy buena, por que mi redacción es buena para mí  mientras me desahogo. Pero cuando se lee: ¡¿Quizás que se lee?! o peor aún, ¡¿Quizás que   se entiende?! Pero ahí esta lo que te sobra: imaginación.

Parte II

Han pasado muchas historias en mi vida y los sentimientos han sido el banquete para mi corazón.

En febrero partimos a la Serena con Álvaro, Adolfo y la Paty y mi predisposición estaba tan buena que en esos días fui realmente feliz. Dentro de tanta predisposición también hubo algo de egoísmo que también es parte de la felicidad. Ese egoísmo que se traduce en “que lata que no quieras, pero no me interesa“.

Recorrimos, La Herradura de Coquimbo, La Serena, Playa Temblador (nudista), Punta de Choros (avistamientos de toninas – delfin chileno), Isla Damas, Valle del Elqui: Vicuña. Pisco Elqui, Pueblito Artesanal de horcón, Tongoy (en busca del ostión perfecto) y finalmente Olmué.

En uno de esos trayectos quedamos en pane con el auto, íbamos Alvaro, Paty y yo solamente, y estábamos tan adentrados en el Valle que tuvimos que acampar unas noches a orilla de rio en el Pueblito Artesanal de Horcón —hoy no existe esa posibilida a orilla del camino, está todo cercado, no recuerdo como un lugareño pseudomecánico llegó a asistirnos y después de chupetear con saliva los bornes de la batería decidió que lo mejor era llevar el auto a Vicuña. Y una mañana muy temprano, se llevó mi Fiat Palio azul marino (TE9792, de la primera tirada que salió a la venta en Chile) y lo subió sobre un camión re-viejo – del año de la cocoa- en el que nos trasladó con todo hasta un taller de verdad en Vicuña, en donde finalmente me repararon el auto.

El camino hacia Vicuña fue muy divertido, los tres con el chofer en la parte delantera del camión moviéndonos a puros saltos y el señor gritando a cada transeunte un saludo local tipo “weeeeeeei” o “awaaaaaaaaaaai” que nos provocaba muchas carcajadas.

Y aun así, con esa y otras anécdotas que fueron desfavorables o a veces divertidas, siempre supe que todo saldría bien y por lo tanto, ¡todo salió a la perfección!

De regreso a Valparaíso, solo veníamos la Paty y yo y tuve la gran oportunidad de conocer aún mejor a esta mujer y de confirmar que mi admiración por ella no estaba equivocada. La Paty vive intensamente cada uno de los roles que debe jugar en esta vida: “La Mujer Loca”, “La Madre Abnegada”, “La Salvaje”, “La Nuera Perfecta”, “La Tía” y “La Amiga”.

La primera parada que hicimos fue en Tongoy, en busca del Ostión perfecto para comerlo crudo con limón, el que se escogía de una pileta llena de ostiones vivos. —Ahora pienso que es maltrato animal. Luego ya avanzado el camino, desvié la ruta hacia Olmué y ahí nos encontramos con el Gero, amigo de la Paty. Iba en bicicleta en la misma dirección que nosotras. Detuve el auto, platicamos un rato y nos invitó a su taller, dejó la bicicleta entre los matorrales, con esa espontaneidad, libertad y confianza que no conocía hasta ese momento, se subió al auto, me dio indicaciones de como llegar, me di la vuelta y partimos. El trabaja en fierro, en el taller nos mostró unas fotos de sus trabajos y nos regaló a cada una un puñado de hojas de Marihuana, que a mí me duraron hasta hace dos semanas atrás.

Ya oscurecía en Olmué y retomamos el destino original, dejamos al Gero donde lo encontramos y dejé a la Paty en la puerta de su casa. Ella decía que después de ese viaje su vida iba a cambiar.

A esas alturas estaba tan cansada de manejar, que pasé a comprar unas frutas para recuperar azúcar. Me dolía la cabeza y la espalda. En un instante pensé que todas esas molestias las sentía por que me acercaba a Valparaíso cargado de puras malas ondas…

—Creo que en el año 2002  ya intuia que no viviría por y para siempre en el puerto de mi amor.

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Crisis

Llego a mi trabajo me siento frente al computador y no sé qué hacer. Es como si todo estuviese listo y es un despropósito que yo esté ahí. Repaso temas en mi mente, pero mi imaginación es más fuerte y de aburrimiento visualizo un camino largo en algo así como un bosque en donde me encuentro con cajitas cada ciertos metros con las tareas pendientes de casi cero importancia. Solo verlas, me cansa. Entonces, continuo avanzando por ese largo camino de suelo blanco, árboles flacos con algunas hojas verdeclaro,— como un ficus que orinó una de nuestras gatas y cayó en desgracia, mientras los rayos de sol que arremeten en la trama se encargan de iluminar todo de inmovilidad y aburrimiento.

Alguna vez trabajar fue mi gran pasión y me sentí muy satisfecha de mis contribuciones, también aprendí que siempre hay alguien que se aprovecha de tu nobleza y los que no te respetan, pero en contraposición los que te agradecerán toda la vida el haber compartido tus conocimientos y tu tiempo para comprender, o al menos intentarlo, acompañar, guiar con paciencia, enseñar sin egosimos y caminar, alcanzar y no alcanzar metas juntos. También estarán los que por alguna razón inexpicable no te quieren y la gente rara, los menos afortunadamente, que trato de no juzgar por filosofìa y porque jamás me he interesado por ellos, salvo que desee practicar la compasión o bien desahogarme lanzando unos garabatos al aire para después regresar a la culpa y de ahí a la compasión otra vez. Aunque, últimamente ya no siento mucha culpa por mandar a la mierda a alguien.

Rodeada de todos y de nadie, en ese entonces, sentía como mi sangre fluía llena de ganas y pasión por avanzar en la concresión de proyectos, mejorar la eficacia, la eficiencia, eliminar papeles, ayudar a otros, gestionar apoyando y acompañando, deseosa siempre de aprender y aplicar cosas nuevas, sintiendo la presión a todo gas y disfrutándola. Uff que droga más potente, rica y autodestructiva es tu propia adrenalina.

Y por eso mismo, hoy no quiero volver a esos tiempos, porque de alguna manera me drogué tanto, que olvidé quien era y hoy me gusta ser libre, estar conmigo misma, con quienes quiero, en paz, cuando quiero, sin molestias, sin celos, sin apegos, sin compromisos, solo por el amor primero. Pero aun así paso 9 horas diarias en una caja de 2 x 2 que me alberga y a la vez me ahoga.

Sé que es tiempo de salir de ahí, pero no me preparé para eso. Me dejé llevar por el amor y la utopía de la familia feliz y claro que soy feliz cuando veo a mis hijos crecer y más cuando me dicen cuanto que me quieren solo con mirarme o cuando me sorprenden con sus avances por sobre mis espectativas, en un camino que a veces se me hace tan pero tan lento, tan pero tan satisfactorio, tan pero tan agobiante y frustrante. Y por eso siento que estoy pendiendo de un hilo. Hay días en los que no quiero llegar a casa, porque generalmente soy para todos los que ahí habitan y aunque me ayudan en mis responsabilidades, ya no quiero tenerlas. Solo quiero dormir por muchas horas para recuperarme de un cansancio que parece infinito.

Me cansé de ver los zapatos en el living y los calcetines sobre el sillón, de pedir dignidad, empatía y orden,me cansé de que me quiten el celular para ver monitos justo cuando lo necesito, me cansé de que me ignoren, se burlen y no me respeten, de no tener tiempo para tocar el piano a solas y sin interrupciones, de hacer tanto los fines de semana, cuando se supone que debemos descansar, me cansé de la adolescencia irreverente, irrespetuosa, tirana, floja, individualista y mezquina. Me cansé de la energía que emana de cada escena fuera de la armonía. Y me transformé en un chanchito de tierra que llega a casa y se esconde en sí mismo porque ya no ve más opciones.

La necesidad de libertad que tanto marcó mi adolescencia sigue viva y me corroe el alma, entonces me imagino corriendo lejos hacia la nada a pies descalzos, pero sé que no puedo lograrlo porque tengo tantas responsabilidades que dependen de mi tiempo, de mi cariño, de mi fortaleza, de mi vitalidad disminuida, de mi dedicación, de mi entrega, de mi paciencia, de mi templanza que ya no queda, de mi amor porque no quiero dañar a nadie, y también de mis ingresos, que ya no sé que pensar y creo que desde hace algún tiempo tampoco estoy pensando.

Nado en emociones cambiantes de frustración, satisfacción, pena, angustia, alegría, desolación y soledad. Me siento atrapada en este ir y venir que no me da tregua.

Hoy partí escribiendo porque perdí la pasión en el trabajo, pero parece que la perdí por más que eso. Porque aunque trabajar sea solo un medio, no puedo dejar de pensar que lo siento alienante, porque nos consume la vida entera, 45 horas semanales o más, por 40 años para salir en algún momento al mundo a disfrutar de la juventud, de los hijos, de la vida en pareja y de la buena salud que ya se fueron.

¡No quiero eso!

Por ahora solo quiero que esas alienantes horas sean satisfactorias, para que pasen volando y así también vuele hacia lo que realmente importa y pueda ver la vida con otros ojos. Con esperanza. Miento, porque también quiero tener fortuna de recibir un premio millonario que me permita alivianar la carga y proyectarme en el ser y no solo en este deber ser que ya me consumió.

Mientras tanto, marco el paso por el infinito aburrimiento, haciendo caso a mi sentido de la responsabilidad y lealtad por los que me acompañan, dejándome llevar por el miedo que paraliza, ese que me impide soltar y me mantiene confundida mientras temo a perder lo que conseguí hipotecando tantos años de la vida.

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La promesa

La Promesa
Respira lentamente, inspirando por la nariz 1, 2, 3, 4 y 5 y expirando por la boca 1, 2, 3, 4 y 5.
Repite una y otra vez hasta que tu ritmo de respiración y de vida sea calmo y agradable. Ahora intenta no pensar en nada y observa con toda tu atención algún objeto de la naturaleza en todo su esplendor. Un niño, un árbol cubierto de hojas y colores, el mar, tus propias manos.
Si realmente lo logras, sentirás haber entrado en otro nivel de vibración, en la dimensión de los sentidos donde no hay mente y no hay preocupaciones, solo estás tú, el objeto de tu atención y el placer de sentirte libre y pleno rodeado de tanto vacío.
No importa donde estés, solo necesitas darte un tiempo a solas con el presente para disfrutar de un hermoso viaje hacia la dimensión más olvidada en este planeta, la dimensión del ahora.
Inténtalo, no importa si la experiencia dura un segundo, porque habrás ganado el sentido de la vida.

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Estado de luna

Cada cierto tiempo pierdo el sentido de vivir, lo que sucede cada vez que dedico mucho tiempo al deber ser.

Despierto cada día de la semana con el único deseo de seguir durmiendo, con la angustia de perder el tiempo en la cama o en el trabajo, mientras la vida pasa. Y, ¿qué hago para remediarlo? ¡Nada! porque no soy capaz de poner la marcha en primera y echar a andar mi motor interno.

Es verano, los días están preciosos, no hace tanto calor en la costa y corre esa agradable brisa que no encontramos en Santiago, lo que debería animarme a salir, pero esta casa que me atrapa…

Tengo una bicicleta esperando a ser usada, un cuerpo hambriento de movimiento, sol y oxígeno, que se atrofia cada día que no se esfuerza. Tengo dinero para gastar en banalidades, amigos que me llaman y me invitan para que comparta con ellos y lo más importante de todo tengo una hija pequeña que me necesita activa y con deseos de vivir.

Pero nada logra sacarme de este “estado de luna”.

En la semana, siento, pienso, huelo a trabajo y me gusta. Parece desafiarme a cada instante y la adrenalina me mantiene feliz. Parece que haciendo lo que debo (ese deber) alcanzo plena satisfacción. Me gusta analizar, vincular ideas y situaciones, armar mapas mentales de todos los escenarios que tengo a la vista. Me gusta tener respuestas ciertas y dar soluciones. Anteponerme a situaciones complejas, escuchar y apaciguar los ánimos. Buena capacidad de abstracción, dicen algunos, empatía, dicen otros.

He permanecido tanto tiempo trabajando que percibo que ya no me quedan amigos fuera de la oficina o se cansaron de llamarme o no me motiva buscarlos y los de la oficina no son mis amigos, porque jamás he querido tener amigos de la oficina.

Le dedico tanto tiempo y esfuerzo a trabajar que ya no me quedan fuerzas para ser algo que no sea una trabajadora y una mamá cumplidora y amorosa.

Me sorprende lo brillante e idiota que puedo llegar a ser en todos los ámbitos de mi vida. Y hoy soy idiota y me frustra no poder escapar de este estado que me tiene sin luz propia, como la luna.

Me siento en el balcón, prendo un cigarro y fumo mirando el mar, siento la brisa fría y agradable en mi rostro. No estoy sola, mi hija está viendo discovery kids y reconozco mi necesidad de hablar con un adulto, pero no cualquier adulto. Alguien que me contenga.

La Malograda by Paloma Grandón

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MasticadoresEspaña

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La malograda nunca aprendió dónde estaba la delgada línea entre lo bueno y lo malo. No supo cuando decir no y en su extrema ingenuidad dijo siempre sí, aun cuando decía no.

La malograda fue bella, sana, deportista, no muy buena con las notas, pero muy creativa, talentosa en las artes plásticas y en la música, admirada y seguida, hasta que un día se volvió demasiado soñadora, arriesgada, egoísta y disruptiva, el mismo día que hizo un pacto de dependencia con esa seguridad prestada, que en algún momento de la vida se cobraría.

Pone en riesgo a sus seguidores, amigos y a toda su familia: padres, hermanos, parejas, hijos y nietos, no hay nadie que se escape. Porque la Malograda influye y trasciende en la ingenuidad como ejemplo de quienes le admiran y aún creen en ella copiando un modelo que no es resultado de nada bueno.

Cada día que…

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Historias y reflexiones de la vida misma – Parte 2

El término “la vida misma” no es mío, es un término que usa una amiga cuando le comento de algún agobio que me parece insuperable y para ella no es más que…la vida misma.

Hace unas semanas, cuando salíamos del cementerio, luego de despedir a la pareja de una amiga muy especial, ella me abrazó cargada de emociones y me dio las gracias por haberle dado un consejo que cambió su vida y le hizo vivir la más bella experiencia de amor. Me sentí responsable y feliz por haber contribuido a hacer su vida más plena, pero también me sentí responsable y triste por el dolor que estaba sintiendo por la partida de su pareja, ya que de alguna manera ambas experiencias estaban ligadas y sentí que fueron en parte consecuencia de mi intervención.

Todo tiene una causa, todo tiene una consecuencia.

A partir de ese momento, me puse a reflexionar y comprendí la relevancia de cada una de las acciones que realizamos día a día, consciente o inconscientemente, y sus efectos. No solo en nosotros y en nuestros seres más cercanos, sino también en otras personas, que tal vez ni siquiera están en nuestro radar.

¿Cuántos consejos hemos recibido en nuestra vida que han cambiado nuestro rumbo, ya sea porque los hemos dejado pasar o bien los hemos hecho vida? En la total inconsciencia, ¿cuántas veces hemos sido el ejemplo o el referente para otras personas, sin saberlo? ¿y cuán responsables somos de las consecuencias de los consejos que hemos dado con total convencimiento de estar realizando un buen acto?

Cuando era niña, vi una foto de una joven, vestida con una jardinera celeste, sentada sobre una alfombra llena de juguetes de colores junto a un niñito con el que evidentemente jugaba, esa imagen activó en mí la proyección de la mamá que quería ser cuando grande. Y podría describir muchas otras situaciones en donde las imágenes, ideas, palabras, acciones y experiencias sensoriales y emocionales, se transformaron en la causas que gatillaron consecuencias relevantes para nuestras vidas.

Y al pensar en esto me vienen muchas ideas, pero hay algo que creo esencial para contribuir de manera virtuosa en la vida de cada uno y de los demás: Vivir de manera consciente”.

¿Y eso qué significa en términos prácticos? Para mí significa, dejar de ser mente y volver a ser sentidos: mirar, oler, tocar, abrazar, saber, escuchar, establecer contacto, percibir quien soy, reconocer donde estoy y con quienes, permitirme ser emoción y sentir y usar la mente para nuestro beneficio no para coartarnos.

En otras palabras, dejar de lado “el piloto automático” y vivir la experiencia del trayecto a casa y no llegar a casa sin saber cómo lo hicimos. Y en esa experiencia de creación consciente, dar lo mejor de nosotros mismos, para que nuestra influencia en la vida misma produzca las correspondientes consecuencias en quienes amamos y nos rodean, aunque no sepamos siquiera quienes son.

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Historias y reflexiones de la vida misma – Parte 1

Desde la última vez que escribí he tenido la fortuna de vivir diversas experiencias para reflexionar acerca de la vida, la muerte, el amor, el apego, la naturaleza, la paz interior, en fin de muchos temas.

Ir de vacaciones al Valle del Elqui fue todo un acierto. Dejamos de lado la tecnología, aunque ahora hay una antena de entel que conecta al Valle con el mundo. Eso me entristeció, yo quería que el Valle permaneciera eternamente aislado de todo lo que hoy nos facilita la vida al mismo tiempo que nos agobia. Fui egoísta, porque pensé solo en mi bienestar personal y algunos elquinos estaban realmente agradecidos por estar conectados.

Una semana y media de despertar y acostarse en relación al ritmo de la naturaleza, de comer por necesidad y no por ansiedad, de jugar con piedras, arena, palitos y agua, mucha agua, de compartir mis lecturas con los niños y ellos compartir sus propias experiencias en familia, de hacer y disfrutar de una fogata y de bañarme cada mañana y tarde en el río Cochiguaz, frío, intenso, puro y abrazador, entre otros muchos otros placeres sencillos de la vida, como respirar consciente.

Ver jugar o entretenidos a los niños, de todas las edades, con su entorno inmediato, la naturaleza, un libro, su familia, el cielo y las estrellas me hizo inmensamente feliz, ver a Luis cortando y puliendo tronquitos secos para hacernos collares familiares y orgánicos, todos pintando piedras y disfrutando de lo mismo, nos convenció como familia que debemos tener periódicamente vacaciones como estas. Al menos una vez al año y así será.

Llegó el día de regresar a casa y nunca es fácil, compramos recuerdos pensando en que tendremos tiempo de disfrutarlos más adelante, estamos llenos de paz, de nosotros mismos, maravillosos, ingenuos, alegres, optimistas y esperanzados porque sabemos que regresaremos pronto. Se viene el eclipse del 2 de julio y queremos estar ahí.

Fines de febrero, regreso a la oficina por una semana y media, cambio de autoridades a partir de ese mismo día. Me paso una semana y media totalmente absorta en lo laboral…Elqui como te extraño, familia NO conectada como te extraño…y en paralelo buscamos quien nos apoye en las tareas de la casa, reciba a los niños cada día y cuide a la abuelita, reciclamos, compramos y preparamos los útiles, dejamos a los niños en su día 1 del colegio y jardín de 2019….y todo fluyó en armonía, inclusive nuestra gatita un miércoles por la noche fue mamá de 5 gatitos preciosos….nunca me sentí más unida a esa gatita, que cuando la vi guatona, luego asistiéndola en el parto y ahora cuando cuida de sus cachorritos.

Somos todos uno.

Tal vez me ayudaron a mantener la paz y la confianza en el devenir las duchas con agua extra fría que me transportaban por unos segundos al ritmo natural del “no deseo nada con ansia”, “no tengo más que el ahora”. O despertar cada mañana cantando un mantra del álbum “21 días Viaje se Meditación Mantra” con Deva Premal y Miten (https://open.spotify.com/album/5iWr3EHTZnkw3ynPplhojk?si=JrdlXGaiQei1npbp71iDog ) con mi Mala en la mano.

Porque también hay otra antena en Cochiguaz, la ermita del Buda Syakamuni que pasamos a conocer y terminamos teniendo una mini charla de introducción al budismo. Ahí compré mi Mala, un collar de madera de 108 cuentas para cantar los mantras. Ya escribiré de eso porque he estado estudiando al respecto.

A los días partimos con Luis y nuestra hija pequeña a Ciudad de México al primer cumpleaños y bautizo de nuestra sobrina nieta Isabella. México como siempre nos recibió de brazos abiertos – nos reunimos con familiares de Paraguay, Chile y México en torno a una fiesta tan entretenida y masiva que se extendió por muchas horas más de lo planificado. En esta oportunidad conocimos nuevas costumbres, estuvimos en unas bellas villas de Morelos, el Museo Antropológico de CdM, Xochimilco y el Estadio Azteca en un clásico del Chivas de Guadalajara vs el América de local y nos repetimos el Mercado de Sonora, pasear por La Condesa y comimos variado y rico como siempre. Un viaje cortito pero lleno de tranquilidad y descanso para padres que poco tiempo tienen para estar solos. Mientras nuestros hijos más grandes y la abuelita en casa se las arreglaron de maravilla y respondieron más allá de nuestras expectativas . Y a nuestro regreso los adolescentes nos pidieron seguir caminando solos de la casa al colegio cada mañana y como ya lo habían hecho en nuestra ausencia les dijimos que bueno, pero le pedí a mi hija que me enviara su ubicación en tiempo real por seguridad.

Cuando la cuerda se suelta, aunque lo intentes, no podrás volver a dejarla en la posición inicial. Eso pasa cuando le damos libertad a los hijos, no hay vuelta atrás, aunque en nuestra imaginación de padres creamos que sí la hay.

Continuará…

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