Piedra de Río

Deseo llegar a ser flexible como el agua que se adapta a la cuenca del río, la que a su vez moldea y define a cada instante.

O ser la piedra del río, que casi imperceptible a nuestros sentidos, se moja y se seca una y otra vez por miles de años, evolucionando a su modo, agitándose por las corrientes de quien la albergue, expandiéndose o contrayéndose por los cambios de temperaturas de un día en particular o por el transcurrir caprichoso de las estaciones del año, vibrando cada día por el sol y la luna, la visita de un cometa, la alineación de los astros, su entorno energético más cercano y claro, siempre estamos nosotros, los seres humanos, para sorprenderla con algo inesperado.

Mientras estoy sentada con el agua hasta más arriba de las caderas en el río Cochiguaz, que corre frío y lleno de energía renovadora, siento las piedras en mis piernas, las tomo, las observo, las aprecio, las quiero y las dejo ir, pero mi espíritu no y viaja con una de ellas.

Me dejo arrastrar lentamente por las aguas, golpeándome junto a otras como yo al tiempo que le regalamos al río su sonido característico en cada choque, mientras el agua corre sin prisa para unirse a otras corrientes. Y en ese largo camino, me arrastro y moldeo tomando forma suave y redondeada, aún cuando el camino no siempre es amable y tiene tramos agrestes, no puedo evitar nada y creo que podría llegar a enterrarme en el lodo o transformarme en el hogar de otras formas de vida, para permanecer ahí por mucho tiempo, pero no sucede nada de eso, sigo avanzando, puliéndome una y otra vez, a veces en grupo otras veces sola, entre piedras, musgos y peces, achicándome en una ruta eterna hasta transformarme en el más fino de los granos.

Al regresar del viaje reflexiono y digo “Soy Piedra de Río”, recorro caminos a veces ásperos, a veces suaves, en compañía o sola, pero finalmente y sin darme cuenta en ese dejarme llevar por las aguas fui comprendiendo que ser nada me conducirá a comprender el todo.

Un día perfecto

El segundo sábado de enero me desperté antes que sonara el despertador, con un poco de dolor de espalda en la cervical, pero con energía, no como en los días de semana que lo único que anhelo es seguir durmiendo. El día estaba iluminado y el día anterior había hecho mucho calor, lo que auguraba una mañana agradable. En un dos por tres salí de la cama, silencié la alarma para no despertar al resto y llamé a mi hija Gala por whatsapp en modo despertador, teníamos varias cosas que hacer juntas esa mañana.

Una grata sorpresa me llevé, primero que nada, cuando me contestó, segundo, rápidamente y, tercero, me informó que estaba bañada y vestida desde hacía algunos minutos.

Caminé con sigilo hacia el baño y cerré suavemente la puerta – como nunca porque soy lejos la mujer más ruidosa y caña hueca que existe en las mañanas, tomé una ducha tibia, me sequé, me vestí y algo arreglé mis cabellos, como de costumbre. Vestirme los fines de semana es tan fácil, siempre escojo lo mismo y me siento bien. Además, desde que se quebró el espejo de cuerpo entero de mi dormitorio muchas veces salgo como creo que me veo y ese día no fue la excepción.

Todo lo hice en tiempo y partimos a buena hora. Aprovechamos de llevar a mi hijo mayor a otro lado y sobreviví a dos adolescentes por alrededor de 15 minutos en el auto y fue agradable.

Luego, solo con Gala, la complicidad que nos une, desde que supe que iba a ser su mamá, inundó toda la mañana, tomamos desayuno en sturback, canjeé una bebida gold y secamos el saldo de la tarjeta del local aprovechando la oportunidad de estar juntas. Ordené mi cartera (bolsa) mientras bebíamos nuestros respectivos cafés con leche de almendras, un cappuccino vainilla y un mocaccino sin crema para ser exacta y conversamos de La Feria del Libro que abren cada verano en Viña del Mar y de los huevos en polvo con lo que habían hecho mi “egg no sé qué” (un batido de huevo deshidratado con cubitos enanos de jamón y pimiento rojo servidos como dos flanes tamaño XS sobre un plato bajo con dos tostadas bastante grandes) que no sabían nada mal y me dejaron bastante satisfecha y curiosamente sin hipo.

No sé cuantas cosas hicimos esa mañana, solo sé que fueron muchas y todas entretenidas y cuando parecía que todo se iba al carajo, de alguna manera volvíamos a entrar en onda. Esa mañana le dije a Gala que hasta hace algunos meses sufría de unos dolores de cabeza de la ¡puta madre! que la sorprendió y nos hizo carcajearnos porque no es mi costumbre hablar así con ella, usando palabrotas, pero yo estaba en modo free hasta que vi la hora y me di cuenta que eran cerca de la una y todavía no pasaba por la farmacia, no compraba la comida para las gatas y tenía a Camilo en casa con los demás niños y mi madre de 87 años, que requiere asistencia para poder salir con ella y ya no es prudente dejarla sola en casa porque se puede caer o tomar los medicamentos equivocados, por mencionar alguno de los riesgos que mitigamos a diario en casa.

Desde ese momento, ya nada fue igual, mi respiración se aceleró, tomé decisiones, la farmacia tendrá que esperar. Y partimos camino a casa, haciendo un alto en el supermercado para comprar la comida de las mascotas y algunas cosas que hacían falta, una parada rápida y efectiva.

Una vez en casa, como nunca un sábado, que acostumbramos a desayunar a las doce y almorzar a la cinco, a las dos de la tarde el almuerzo estaba muy avanzado, gracias a Camilo que había salido cerca de casa por pescado, hecho ensaladas y a mí solo me pidió preparar un cuscús, que hice con mi hija menor de cuatro años, le agregamos tomate, palta y una hoja picada de albahaca fresca.

Almorzamos tres de cinco, mi madre se sentía mal y se quedó en su dormitorio y nuestro hijo mayor dormía.

El almuerzo estaba exquisito, pescado frito, ensaladas, cuscús y jugo de manzana con hielo hecho en nuestra maquina de prensado en frio. Light, sano y delicioso.

Como nunca, no mencionamos el postre, y los comensales se fueron levantado uno a uno de la mesa, retiramos las cosas y con Victoria fuimos al patio a llenar de agua su piscina de uno por uno metros cuadrados, instalé el quitasol, nos embetunamos de bloqueador, vestimos bañador, llenamos la piscina de juguetes y nos metimos ensombreradas a jugar a la familia.

Ese sábado el calor por la tarde se sentía insoportable fuera y dentro de la casa y mi cuerpo pedía agua. De fondo escuchábamos a Camilo perfeccionar su versión de Whish you were here de Pink Floyd en su guitarra regalona, la electroacústica, que compró de segunda mano hace unos meses a un conocido que dejaba Chile para instalarse en Italia. No fue un regalo, pero el precio era de esas oportunidades que pocas veces se presentan en la vida de los adictos a la música.

Los adolescentes de la casa, cada uno encerrado en su dormitorio dormía o creaban su adulto con sus actividades de preferencia o a partir de las series de culto que solo ellos ven, lo que no es raro, ya que dedican gran parte de su energía para crecer y evitar los quehaceres de la casa, y definitivamente es más llevadero que tratar con su rebeldía. Aunque siendo justos, tienen sus momentos de ternura y equilibrio como los de hoy en la mañana.

El suelo donde instalamos la piscina recibió tanto sol en los últimos días que al sentarme dentro de ella percibí la radiación subiendo desde la tierra. No sé cuánto rato estuvimos en ese placentero y armonioso descanso. En un instante de observación consciente me di cuenta de que el árbol que está frente a nuestro patio por fuera, en la quebrada, está a punto de entrar por la reja y que al otro lado de la quebrada hay una casa blanca con rosado, estilo “barbie”. El bosque en la quebrada que nos separa de los barrios del frente me pareció unirnos más que separarnos, cuando justo sentí un disparo o tal vez un neumático reventar y recordé todo lo que ha acontecido en el último tiempo en Chile producto de la enorme desigualdad social que existe. “El estallido social” que inicio el 18 de octubre de 2019 (el 18/O) que buscar generar los cambios que mi generación y muchas otras no fuimos capaces de liderar. Entonces, agradecí en lo más profundo por ser parte de ese 5% del país que gana más de $500.000 al mes (US$640/mes o UE$600/mes) gracias a que tenemos educación universitaria los adultos de la casa y una estrella que nos protege. ¿Y los del frente?  Cientos de casas y edificios de diferentes calidades en sus estructuras, modelos y data, algunas casas hechizas de multimaterialidad, otras más tradicionales, pero en ninguna prima la estética en total armonía con su entorno, es gente de esfuerzo como muchos en este país y me gustaría creer que así somos la mayoría, pero me cuesta creerlo cuando la vida te demuestra que “hay de todo en la viña del señor”. Mi hija me sacó de mis reflexiones y continuamos con nuestro juego, me tocaba alimentar a un muñeco de esos que se hacen pis para luego ponerlo sobre la bacinica.

Al rato, empezó a correr una brisa que agradecí con el alma, nos salimos del agua nos secamos un poco y Camilo nos trajo unos cereales para comer. Se detuvo la guitarra y pusimos música nosotras. A Victoria le encanta la música. Subí al comedor y me encontré a mi madre llegando desde su dormitorio, se sentía mejor, le servimos almuerzo, comió todo, y se tomó su té sagrado de sobremesa.

Camilo partió a comprar a la feria del Estero en el sector que está seco y que cruza Viña del Mar de oriente a poniente. Fuera de casa la brisa ya estaba fría pero dentro todavía conservaba el calor de las primeras horas de la tarde, entonces me puse a lavar los platos para disfrutar el agua fría entre mis manos, pero también lo hice porque en la interna sentí la necesidad de agradecer a Camilo por el rico almuerzo que había preparado y por haberse quedado en casa por la mañana para que yo pudiese salir.

El dolor de espalda y el escaso espacio en el secador de platos interrumpieron mi faena y dejé la mitad lavada y la otra ordenada pero sucia, pero daba lo mismo ya que generalmente los fines de semana tratamos de lavar lo mínimo para que realmente descansemos, porque somos tantos en casa que lavar la loza a veces se transforma en una tarea muy dura que además nos quita mucho tiempo, más cuando somos dos los que aperramos la mayoría de las veces. Y cuando el voluntarioso de Camilo se hace cargo de esta tarea se nota porque la cocina queda como nueva, en cambio cuando yo la asumo, solo a lo que me asegura el agua en las manos.

Justo cuando terminaba en la cocina mi pequeñita me buscó nuevamente para jugar, nos cambiamos de ropa, nos pusimos algo más abrigado y salimos al patio nuevamente, esta vez a regar las plantas del patio con el agua de la piscina aprovechando que el sol se había escondido detrás de las casas del frente. Ella con su hermosa regadera y yo con una botella plástica que llenarla me obligaba a agacharme una y otra vez, hasta que la cambié por un recipiente más grande, pero más pesado.  Y ahora el dolor de espalda no era el mismo, era unas vértebras más abajo. Pero valió el esfuerzo, porque fui consciente de que estábamos haciendo todo lo que yo anhelaba hacer en esta casa con patio, relacionarnos con la tierra a través de la quebrada, las flores, un huertito, los árboles de limones y todas las plantas que hemos adoptado y plantado en el último tiempo y que fuimos regando una a una. Hasta un zapallo parece que está creciendo en un hoyo que hice para botar los deshechos orgánicos que generamos y que en la compostera no nos caben.

Y sin proponérnoslo, estamos enseñándole a nuestros hijos a relacionarse y a respetar a personas con diferentes realidades sociales, nuestros vecinos de barrio, los del frente de la quebrada, los que viven en la quebrada y pasan cada mañana y tarde con sus caballos, los ocupas que también viven camino a la quebrada y todos aquellos con los que nos relacionamos en nuestro día a día desde esta casa.

Son pocos los días en el año en los que nos quedamos en casa y “no hacemos nada”, como ese sábado del 2020, pero son días tan llenos de cosas simples que se transforman generalmente en los mejores que atesoraremos por siempre.

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Carta para el año 2020 por Paloma Grandón

Cuando me plantearon en Masticadoresdeletras el desafío de escribir una carta al año 2020 lo primero que se me vino a la cabeza fue: “¿qué le voy a decir al año 2020?”, “¿qué es un año?, ¿lee, oye, concede deseos?”. Pasaron varios días y muchas ideas vinieron a mi mente en torno a este desafío y entonces trabajé en recrear una definición: “Un año son 12 meses, 365 días, 8.760 horas, muchos minutos y una buena millonada de segundos, es decir un año es un periodo de tiempo finito, delimitado por un inicio y un término, ambos creados por convenciones religiosas, el 1ro de enero y el 31 de diciembre, respectivamente”.

También mis ideas divagaron por el lado tradicional de sembrar esperanzas y esos rollos, me dio una lata gigante ponerme a desear cosas relativas a iniciar, corregir, cambiar algún aspecto de mi vida o de la vida de las personas o del mundo entero – que de seguro a todos nos hace falta, y menos lata pero abulia igual agradecer por lo bueno y las lecciones aprendidas y toda esa joda que en el último tiempo me ha costado muchísimo reintegrar en mi vida.

Así es que, después de esto y aquello les presento el resultado:

Viña del Mar, 28 de diciembre de 2019

Bienvenido y esperado Año 2020,

no te detengas por nosotros por favor (muchos quieren detener el tiempo), porque no sabemos lo que eso significa, ni lo que podría suceder en tal caso. Nosotros podemos atrasar y adelantar nuestros relojes, llevar una vida slow o muy agetriada, llegar atrasados a todos lados, anticiparnos a los hechos o dormir un día entero o varios con el fin de hacer como que no avanzas. También podemos angustiarnos por no alcanzar a realizar todo lo que nos planteamos dentro de un periodo de tiempo, ni todo lo que nos asignan, lo que la vida nos pone por delante, pero eso no es culpa tuya, muchas veces es culpa nuestra porque no sabemos decir a qué no, no nos imaginamos los efectos de todo eso o simplemente es así no más. Durante tu paso o el nuestro por tu finita duración, podemos tener experiencias que nos hagan sufrir, alegrarnos, decidir ser mejores o peores personas, podemos ponernos metas como: bajar de peso, comprarnos un auto, ser mejores padres, hermanos, abuelos, hijos, dedicarle más tiempo a nuestra pareja, a nuestras mascotas, cuidar nuestro planeta, ecopensar, ser parte de y no ser el problema de, ser menos enojones, lo que sea, pero creo que todo eso te vale madres porque te imagino como un testimonio en una carrera de relevo, un palito de muchos que conforman el tiempo, pero sin conciencia. Una pequeña parte de un infinito espiral de pasado presente y futuro que dudo que percivas, al menos en la manera que nosotros comprendemos la existencia, los efectos que generas en nosotros, los seres humanos.

Reflexionando, creo que la tarea es nuestra, tenemos que tomar conciencia en positivo del tiempo.

Para bien o para mal, la vida siempre avanza, el tiempo no da tregua y cada experiencia se suscita por una causa que a su vez también fue el efecto de otra causa y así, sucesivamente fue hacia atrás y será hacia adelante y si nos ponemos a imaginar en todas las posibles interacciones, esto crea una trama potencial de posibilidades que podría ser infinita. Pues bien, esa misma causalidad se vivirá en tu paso, año 2020, y gracias a todas estas convenciones que hemos creado podremos tener muchas referencias para describir lo que hicimos en lo que llamaremos pasado y lo que haremos en lo que llamaremos futuro.

Seguramente, y ojalá así sea, en los presentes gloriosos de reflexión,—antes que se transformen en pasado, seremos concientes y sacaremos provecho de las experiencias vividas y ojalá certeros en proyectar los futuros acontecimientos en base a la intuición, la buena fortuna de tener una estupenda red neuronal o el simple azar.

Querido año 2020, para despedirme, no me queda más que desearte suerte en el resultado del resumen que se proyecte en los medios de comunicación a fines de diciembre del 2020 y desear conciencia planetaria y espiritual a todos quienes seremos responsables de construir tu fama.

Con cariño,

Paloma

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Fragmento de la carta para Alexis Rose, año 2002

—Revisando una caja de recuerdos, en la que guardo cartas, mapas, postales, fotos, certificados, diplomas, registros que me entregó mi papá, tarjetas y cuanto escrito hice o recibí desde que tengo recuerdo y necesidad de atesorarlos, me encontré una carta que escribí el año 2002 a mi amigo Alexis Rose que para ese entonces había partido con sus padres a vivir a Canadá y que titulé “La famosa carta larga, una historia corta de muchos personajes”.

Hoy reeditada, comparto con Uds. un fragmento que me transportó a más de 17 años en el tiempo.

Parte I

Hola Alexis, después de una semana cargada de mucho trabajo y presiones llego a mi departamento, me aseo, como algo, escucho música, prendo velas, toco el piano y te escribo esta carta con especial dedicación.

Me duele ene (mucho) la espalda y es pura tensión acumulada. Porque todo lo que he hecho en el día lo he hecho tensa. Es que ando pila: súper acelerada. Y lo peor de todo, me gusta andar así, como cuando íbamos a bailar a la Foxy y me poseía el espíritu histriónico.

Desde que empecé con mi curso de “Tarot Iniciático” no salgo los viernes de carrete y ha sido tan bueno. Imagínate, me levanto temprano los sábados, camino por las calles de Valparaíso y luego del tránsito por Av. España, por las calles de Viña. Con poca gente alrededor, el sol radiante, con esa tranquilidad de la mañana de día sábado, familiar, templado, rico.

Después en plena calle Valparaíso (en Viña del Mar), en la galería que está al lado del MacDonald (que ya no existe) está la entrada a un edificio de esos que el marcador del ascensor parece un reloj extraño o una brújula. En el departamento B05, me espera el maestro. El departamento está decorado antiguo, todos los muebles son de madera fina y con estilo. Es oscuro y a la vez claro.  Toco el timbre, el maestro me abre, me saluda y me indica el camino por un pasillo oscuro, sin ventanas que conduce a una sala (living comedor) de tamaño mediano y con una ventana al fondo que da a la calle Valparaíso.

La clase se hace en el comedor en una mesa redonda cubierta por una carpeta acolchada de color beige, sin diseño. Yo siempre me siento mirando hacia el este para consultar al Tarot.

El maestro es un licenciado en Arte de la Universidad Católica de Santiago, se llama… me quedé pegada contemplando mi aspecto en el reflejo de la ventana y me gusta…volviendo a lo que estábamos, el maestro se llama Armando debe tener como 50 años o más. Es gordo pero no obeso, de estatura mediana, de cabello oscuro y algo pelado. Bastante afeminado. Me retracto más bien fino.

Tiene historia el viejo. Fue hippie, vivió en los Estados Unidos, en Europa y ha hecho clases de Tarot y otros temas cabalísticos en varios países.  También me ha contado que vivió mucho tiempo de su juventud en Santiago en el barrio Lastarria, que me encanta, y en Ismael Valdés y que fue uno de los impulsores de la construcción de la plaza Mulato Gil. Es más, su antiguo taller en esa plaza ahora es el taller de Enrique Lafourcade, que por como lo nombra es su amigo o es de su época.

Después de hablar dos horas de Tarot, de números, de interpretación, de su vida, de la mía, de Valparaíso, de Santiago, etc., salgo a la calle Valparaíso. Son la 1 de la tarde, el sol pega fuerte sobre la cabeza, todo es claridad, todo es limpieza. Como no he tomado desayuno, me voy al Bogarin y me tomo un vitamina Zanahoria-Naranja y me como un sandwich de miga: ave-pimentón. Tradición porteña hoy en Viña exquisita, sana e imperdible. Después camino hasta donde me den ganas o simplemente tomo la micro y me voy al triste Valparaíso.

Si triste, por que Viña me parece tan lleno de vida y luz que cuando entro a Valparaíso por la Avda. Argentina, la micro dobla en Pedro Montt y veo el Teatro Municipal de Valparaíso, todo ese trayecto me parece tan pero tan oscuro, que pareciese que estuviera por siempre nublado. Siento que la luz de Valparaíso comienza a alumbrar recien en los alrededores de la Plaza Victoria.

Es viernes, son las 23.30 y me voy a dormir. Sigo mañana. Un beso.

A propósito de Tarot. Contigo siempre fui bien asertiva!! ¿Cierto?

Quizás esta carta no me quedó muy buena, por que mi redacción es buena para mí  mientras me desahogo. Pero cuando se lee: ¡¿Quizás que se lee?! o peor aún, ¡¿Quizás que   se entiende?! Pero ahí esta lo que te sobra: imaginación.

Parte II

Han pasado muchas historias en mi vida y los sentimientos han sido el banquete para mi corazón.

En febrero partimos a la Serena con Álvaro, Adolfo y la Paty y mi predisposición estaba tan buena que en esos días fui realmente feliz. Dentro de tanta predisposición también hubo algo de egoísmo que también es parte de la felicidad. Ese egoísmo que se traduce en “que lata que no quieras, pero no me interesa“.

Recorrimos, La Herradura de Coquimbo, La Serena, Playa Temblador (nudista), Punta de Choros (avistamientos de toninas – delfin chileno), Isla Damas, Valle del Elqui: Vicuña. Pisco Elqui, Pueblito Artesanal de horcón, Tongoy (en busca del ostión perfecto) y finalmente Olmué.

En uno de esos trayectos quedamos en pane con el auto, íbamos Alvaro, Paty y yo solamente, y estábamos tan adentrados en el Valle que tuvimos que acampar unas noches a orilla de rio en el Pueblito Artesanal de Horcón —hoy no existe esa posibilida a orilla del camino, está todo cercado, no recuerdo como un lugareño pseudomecánico llegó a asistirnos y después de chupetear con saliva los bornes de la batería decidió que lo mejor era llevar el auto a Vicuña. Y una mañana muy temprano, se llevó mi Fiat Palio azul marino (TE9792, de la primera tirada que salió a la venta en Chile) y lo subió sobre un camión re-viejo – del año de la cocoa- en el que nos trasladó con todo hasta un taller de verdad en Vicuña, en donde finalmente me repararon el auto.

El camino hacia Vicuña fue muy divertido, los tres con el chofer en la parte delantera del camión moviéndonos a puros saltos y el señor gritando a cada transeunte un saludo local tipo “weeeeeeei” o “awaaaaaaaaaaai” que nos provocaba muchas carcajadas.

Y aun así, con esa y otras anécdotas que fueron desfavorables o a veces divertidas, siempre supe que todo saldría bien y por lo tanto, ¡todo salió a la perfección!

De regreso a Valparaíso, solo veníamos la Paty y yo y tuve la gran oportunidad de conocer aún mejor a esta mujer y de confirmar que mi admiración por ella no estaba equivocada. La Paty vive intensamente cada uno de los roles que debe jugar en esta vida: “La Mujer Loca”, “La Madre Abnegada”, “La Salvaje”, “La Nuera Perfecta”, “La Tía” y “La Amiga”.

La primera parada que hicimos fue en Tongoy, en busca del Ostión perfecto para comerlo crudo con limón, el que se escogía de una pileta llena de ostiones vivos. —Ahora pienso que es maltrato animal. Luego ya avanzado el camino, desvié la ruta hacia Olmué y ahí nos encontramos con el Gero, amigo de la Paty. Iba en bicicleta en la misma dirección que nosotras. Detuve el auto, platicamos un rato y nos invitó a su taller, dejó la bicicleta entre los matorrales, con esa espontaneidad, libertad y confianza que no conocía hasta ese momento, se subió al auto, me dio indicaciones de como llegar, me di la vuelta y partimos. El trabaja en fierro, en el taller nos mostró unas fotos de sus trabajos y nos regaló a cada una un puñado de hojas de Marihuana, que a mí me duraron hasta hace dos semanas atrás.

Ya oscurecía en Olmué y retomamos el destino original, dejamos al Gero donde lo encontramos y dejé a la Paty en la puerta de su casa. Ella decía que después de ese viaje su vida iba a cambiar.

A esas alturas estaba tan cansada de manejar, que pasé a comprar unas frutas para recuperar azúcar. Me dolía la cabeza y la espalda. En un instante pensé que todas esas molestias las sentía por que me acercaba a Valparaíso cargado de puras malas ondas…

—Creo que en el año 2002  ya intuia que no viviría por y para siempre en el puerto de mi amor.

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Crisis

Llego a mi trabajo me siento frente al computador y no sé qué hacer. Es como si todo estuviese listo y es un despropósito que yo esté ahí. Repaso temas en mi mente, pero mi imaginación es más fuerte y de aburrimiento visualizo un camino largo en algo así como un bosque en donde me encuentro con cajitas cada ciertos metros con las tareas pendientes de casi cero importancia. Solo verlas, me cansa. Entonces, continuo avanzando por ese largo camino de suelo blanco, árboles flacos con algunas hojas verdeclaro,— como un ficus que orinó una de nuestras gatas y cayó en desgracia, mientras los rayos de sol que arremeten en la trama se encargan de iluminar todo de inmovilidad y aburrimiento.

Alguna vez trabajar fue mi gran pasión y me sentí muy satisfecha de mis contribuciones, también aprendí que siempre hay alguien que se aprovecha de tu nobleza y los que no te respetan, pero en contraposición los que te agradecerán toda la vida el haber compartido tus conocimientos y tu tiempo para comprender, o al menos intentarlo, acompañar, guiar con paciencia, enseñar sin egosimos y caminar, alcanzar y no alcanzar metas juntos. También estarán los que por alguna razón inexpicable no te quieren y la gente rara, los menos afortunadamente, que trato de no juzgar por filosofìa y porque jamás me he interesado por ellos, salvo que desee practicar la compasión o bien desahogarme lanzando unos garabatos al aire para después regresar a la culpa y de ahí a la compasión otra vez. Aunque, últimamente ya no siento mucha culpa por mandar a la mierda a alguien.

Rodeada de todos y de nadie, en ese entonces, sentía como mi sangre fluía llena de ganas y pasión por avanzar en la concresión de proyectos, mejorar la eficacia, la eficiencia, eliminar papeles, ayudar a otros, gestionar apoyando y acompañando, deseosa siempre de aprender y aplicar cosas nuevas, sintiendo la presión a todo gas y disfrutándola. Uff que droga más potente, rica y autodestructiva es tu propia adrenalina.

Y por eso mismo, hoy no quiero volver a esos tiempos, porque de alguna manera me drogué tanto, que olvidé quien era y hoy me gusta ser libre, estar conmigo misma, con quienes quiero, en paz, cuando quiero, sin molestias, sin celos, sin apegos, sin compromisos, solo por el amor primero. Pero aun así paso 9 horas diarias en una caja de 2 x 2 que me alberga y a la vez me ahoga.

Sé que es tiempo de salir de ahí, pero no me preparé para eso. Me dejé llevar por el amor y la utopía de la familia feliz y claro que soy feliz cuando veo a mis hijos crecer y más cuando me dicen cuanto que me quieren solo con mirarme o cuando me sorprenden con sus avances por sobre mis espectativas, en un camino que a veces se me hace tan pero tan lento, tan pero tan satisfactorio, tan pero tan agobiante y frustrante. Y por eso siento que estoy pendiendo de un hilo. Hay días en los que no quiero llegar a casa, porque generalmente soy para todos los que ahí habitan y aunque me ayudan en mis responsabilidades, ya no quiero tenerlas. Solo quiero dormir por muchas horas para recuperarme de un cansancio que parece infinito.

Me cansé de ver los zapatos en el living y los calcetines sobre el sillón, de pedir dignidad, empatía y orden,me cansé de que me quiten el celular para ver monitos justo cuando lo necesito, me cansé de que me ignoren, se burlen y no me respeten, de no tener tiempo para tocar el piano a solas y sin interrupciones, de hacer tanto los fines de semana, cuando se supone que debemos descansar, me cansé de la adolescencia irreverente, irrespetuosa, tirana, floja, individualista y mezquina. Me cansé de la energía que emana de cada escena fuera de la armonía. Y me transformé en un chanchito de tierra que llega a casa y se esconde en sí mismo porque ya no ve más opciones.

La necesidad de libertad que tanto marcó mi adolescencia sigue viva y me corroe el alma, entonces me imagino corriendo lejos hacia la nada a pies descalzos, pero sé que no puedo lograrlo porque tengo tantas responsabilidades que dependen de mi tiempo, de mi cariño, de mi fortaleza, de mi vitalidad disminuida, de mi dedicación, de mi entrega, de mi paciencia, de mi templanza que ya no queda, de mi amor porque no quiero dañar a nadie, y también de mis ingresos, que ya no sé que pensar y creo que desde hace algún tiempo tampoco estoy pensando.

Nado en emociones cambiantes de frustración, satisfacción, pena, angustia, alegría, desolación y soledad. Me siento atrapada en este ir y venir que no me da tregua.

Hoy partí escribiendo porque perdí la pasión en el trabajo, pero parece que la perdí por más que eso. Porque aunque trabajar sea solo un medio, no puedo dejar de pensar que lo siento alienante, porque nos consume la vida entera, 45 horas semanales o más, por 40 años para salir en algún momento al mundo a disfrutar de la juventud, de los hijos, de la vida en pareja y de la buena salud que ya se fueron.

¡No quiero eso!

Por ahora solo quiero que esas alienantes horas sean satisfactorias, para que pasen volando y así también vuele hacia lo que realmente importa y pueda ver la vida con otros ojos. Con esperanza. Miento, porque también quiero tener fortuna de recibir un premio millonario que me permita alivianar la carga y proyectarme en el ser y no solo en este deber ser que ya me consumió.

Mientras tanto, marco el paso por el infinito aburrimiento, haciendo caso a mi sentido de la responsabilidad y lealtad por los que me acompañan, dejándome llevar por el miedo que paraliza, ese que me impide soltar y me mantiene confundida mientras temo a perder lo que conseguí hipotecando tantos años de la vida.

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La promesa

La Promesa
Respira lentamente, inspirando por la nariz 1, 2, 3, 4 y 5 y expirando por la boca 1, 2, 3, 4 y 5.
Repite una y otra vez hasta que tu ritmo de respiración y de vida sea calmo y agradable. Ahora intenta no pensar en nada y observa con toda tu atención algún objeto de la naturaleza en todo su esplendor. Un niño, un árbol cubierto de hojas y colores, el mar, tus propias manos.
Si realmente lo logras, sentirás haber entrado en otro nivel de vibración, en la dimensión de los sentidos donde no hay mente y no hay preocupaciones, solo estás tú, el objeto de tu atención y el placer de sentirte libre y pleno rodeado de tanto vacío.
No importa donde estés, solo necesitas darte un tiempo a solas con el presente para disfrutar de un hermoso viaje hacia la dimensión más olvidada en este planeta, la dimensión del ahora.
Inténtalo, no importa si la experiencia dura un segundo, porque habrás ganado el sentido de la vida.

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Estado de luna

Cada cierto tiempo pierdo el sentido de vivir, lo que sucede cada vez que dedico mucho tiempo al deber ser.

Despierto cada día de la semana con el único deseo de seguir durmiendo, con la angustia de perder el tiempo en la cama o en el trabajo, mientras la vida pasa. Y, ¿qué hago para remediarlo? ¡Nada! porque no soy capaz de poner la marcha en primera y echar a andar mi motor interno.

Es verano, los días están preciosos, no hace tanto calor en la costa y corre esa agradable brisa que no encontramos en Santiago, lo que debería animarme a salir, pero esta casa que me atrapa…

Tengo una bicicleta esperando a ser usada, un cuerpo hambriento de movimiento, sol y oxígeno, que se atrofia cada día que no se esfuerza. Tengo dinero para gastar en banalidades, amigos que me llaman y me invitan para que comparta con ellos y lo más importante de todo tengo una hija pequeña que me necesita activa y con deseos de vivir.

Pero nada logra sacarme de este “estado de luna”.

En la semana, siento, pienso, huelo a trabajo y me gusta. Parece desafiarme a cada instante y la adrenalina me mantiene feliz. Parece que haciendo lo que debo (ese deber) alcanzo plena satisfacción. Me gusta analizar, vincular ideas y situaciones, armar mapas mentales de todos los escenarios que tengo a la vista. Me gusta tener respuestas ciertas y dar soluciones. Anteponerme a situaciones complejas, escuchar y apaciguar los ánimos. Buena capacidad de abstracción, dicen algunos, empatía, dicen otros.

He permanecido tanto tiempo trabajando que percibo que ya no me quedan amigos fuera de la oficina o se cansaron de llamarme o no me motiva buscarlos y los de la oficina no son mis amigos, porque jamás he querido tener amigos de la oficina.

Le dedico tanto tiempo y esfuerzo a trabajar que ya no me quedan fuerzas para ser algo que no sea una trabajadora y una mamá cumplidora y amorosa.

Me sorprende lo brillante e idiota que puedo llegar a ser en todos los ámbitos de mi vida. Y hoy soy idiota y me frustra no poder escapar de este estado que me tiene sin luz propia, como la luna.

Me siento en el balcón, prendo un cigarro y fumo mirando el mar, siento la brisa fría y agradable en mi rostro. No estoy sola, mi hija está viendo discovery kids y reconozco mi necesidad de hablar con un adulto, pero no cualquier adulto. Alguien que me contenga.