Cumplir Sin Miedo

Liberándose de condicionamientos negativos

No sé qué hora es. Muchas noches despierto y mi mente enciende motores recorriendo el listado de pendientes, resolviendo materias inconclusas o mejorando las ya resueltas.

Necesito dormir mis 8 horas y no activarme a trabajar a media noche, porque para colmo mi mente despierta pensando en responsabilidades con terceros, no en mi satisfacción personal o en lo que me da placer. Cuando esto pasa, al otro día ando mal, cometo errores, olvido cosas por falta de sueño.

Esta hermosa y talentosa mente que tengo a veces se me descarría y debo tomar acciones. He aprendido que la mente debe trabajar para nosotros y no al revés. Es muy loco esto de mirarla como un servicio externo, pero resulta de maravillas. Y no solo observarla, sino también hablarle y darle instrucciones.

De la contemplación de mi mente y existencia -que es la clave para comprender la manera en que me enfrento a los desafíos- noto que la responsabilidad es un valor gigante en mí. No está presente en todos los ámbitos de mi vida, de así serlo, haría actividad física de vez en cuando. Sin embargo, este valor en lo laboral es fuerte y como condicionamiento me genera éxitos y problemas como el insomnio de esta noche.

Hace años atrás fui muy trabajólica y para cumplir con un plazo, podía trabajar un tema por la noche desde mi casa y enviar las tareas a mis compañeros para que pudiesen trabajarlas a la mañana siguiente. La adrenalina generada por estas experiencias adormeció toda emoción y dolor en mí, pero solo por un tiempo. Ya cuando esto se transformó en rutina, los músculos tensados en este proceso obsesivo empezaron a darme aviso de que había perdido todo equilibrio. 

Un día mi hija de 3 años me confesó a media lengua: mamá, no me gusta ser la última en salir del jardín. No era tarde, más bien el jardín cerraba temprano, pero ese mensaje de corazón a corazón me transformó. No quería herir a mi hija, y aunque mucho de lo que hacía era por ella y nuestro bienestar, no estaba dándole en el clavo.

Para nutrir mi observación me pregunto, ¿cuáles son las emociones que hay en mí?, ¿qué me genera satisfacción en este comportamiento ya insano de ser tan responsable en el trabajo? 

Me gusta hacer bien mi trabajo porque lo hago con cierto nivel de autoexigencia y calidad que son mi sello personal. Anhelo el reconocimiento de los demás en todos los niveles, sentir que soy un aporte y a la vez aprender cosas nuevas, intercambiar conocimientos y experiencias. En esencia, colaborar.

Me siento muy agradecida cuando recibo colaboración y ese antecedente no visto por mí, contribuye en mi labor.

Hay un círculo virtuoso en la colaboración, hasta que me lo tomo personal. Y eso me pasa cuando me hacen una crítica en un tono muy serio. El tono me mata. Luego ya mi mente entrenada piensa: es pega, es un aporte, no es personal. En otras palabras, lo tomo, lo agradezco y lo integro. Pero no puedo negar que me duele al principio, porque no es solo el tono también es el escenario. Me gustan las críticas en grupos reducidos de confianza e idealmente de a dos, donde me siento más cómoda. 

Colaborarle a los demás también me lo tomo personal, no lo hago solo porque es mi obligación. Descubrí que me gusta compartir mi experiencia y conocimientos, disfrutando conscientemente de ello. En eso siento genuino placer. Y más cuando la colaboración sucede con alguien que está en la misma frecuencia.

Otra gran satisfacción que me produce el trabajo es la conclusión de un proyecto por su potencial contribución, ya que entregada la obra, son otros los que deberán sacarle el máximo de provecho. Aunque pensándolo bien, disfruto más el proceso. También me satisface terminar, entregar o deshacerme de algo que ya no representa un desafío para mí o es un problema interminable, cerrar esos capítulos me producen un gran placer y alivio.

Entonces, regreso otra vez a mi mente. Es obsesiva, le encanta resolver acertijos, encontrar soluciones, no fallar en plazos… y de pronto me llega el insight y descubro que mi actitud obedece a que no me gusta que me llamen la atención. 

Cuando desarrollo mis proyectos personales no hay presión externa, siento paz y satisfacción haciendo las cosas a mi ritmo, sin presiones, por eso no me despiertan por la noche y si lo hacen, lo tomo con alegría. En cambio, en el trabajo, la responsabilidad está siendo medida por un externo, alguien que por suerte cada vez se me ha hecho más pequeño, un ser que representa a mi mamá: levántate, apúrate, báñate, péinate, come, ¿terminaste tus tareas?, ¿estudiaste piano?, ¿lavaste tu ropa?, no pelees, shhhh, no hables, ¡saluda!, ¡despídete!, etc., etc. Esas preguntas e instrucciones de la generala en su tono enérgico me agobiaron tanto que adopté la estrategia de hacer  lo mejor posible en todo, dentro de mi alcance, para que ella no tuviera razón alguna para decírmelas. Pero no siempre me resultó, pues, era repetitiva o tenía nuevas órdenes que darme… incluso, años más tarde cuando la iba a visitar, ella me preguntaba: ¿¡tú nunca te pintas!?, píntate, ¿no tienes otra ropa más bonita?, esos zapatos ya te los he visto mucho, cómprate ropa… uff. 

Por fin comprendo que no fue suficiente el alejarme físicamente, esto quedó en mí. Marcándome para bien y para mal. Y descubro que cuando me enfrento a la responsabilidad, la emoción que me embarga además de la satisfacción, es el miedo.  

Este gran descubrimiento viene para ayudarme a mejorar mi vida. Encontré un dolor con el que he vivido desde muy pequeña, del que no era consciente, pero sí experta en bloquear y evitar, lo que me debe consumir mucha energía vital.

Para mejorar mi vida, debo sanar este dolor. Ya di el primer paso, soy consciente de este miedo, ahora debo meditar en él. Ir en su búsqueda, sentirme vulnerable  y experimentarlo. 

Entonces, podré integrarlo amorosamente en mi vida, lo que significa que podrán surgir la comprensión, la aceptación, el perdón y el agradecimiento, en definitiva, lo necesario para recomenzar.

Mamá, te quiero mucho y te agradezco por inculcarme ser responsable, llegó el momento de serlo porque lo considero bueno y valorable, y no por miedo a recibir un castigo. Comprendo que detrás de tu conducta había una buena intención, ahora yo soy mamá y me doy cuenta que no es fácil educar a los hijos. Ya no necesito una consciencia externa, me basta con la mía. Sé que este paso es bueno para el bienestar de nuestra familia y las futuras generaciones.

Veamos cómo nos va de ahora en adelante. Al menos ya me siento aliviada y con ganas de seguir durmiendo. Buenas noches.

Texto revisado por: Patricia Ceroni

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2 comentarios sobre “Cumplir Sin Miedo

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